El Mazda CX-80 llegó al mercado español como la propuesta más ambiciosa de la marca japonesa en formato SUV. Por tamaño, posicionamiento y planteamiento técnico, se sitúa claramente por encima del CX-60 y se convierte en el nuevo buque insignia de Mazda en Europa. La unidad probada corresponde a la versión híbrida enchufable, una configuración clave en el contexto actual tanto por su etiqueta medioambiental como por la posibilidad real de reducir consumos en el día a día sin renunciar a potencia ni a un planteamiento familiar de largo recorrido. Hace unos meses ya tuvimos ocasión de publicar la prueba de la versión diésel, que nos dejó muy buen sabor de boca, por lo que esta variante PHEV se presentaba como una evolución lógica dentro de la gama.

La prueba, como es habitual, se ha desarrollado durante siete días completos por Madrid y alrededores, acumulando algo más de 900 kilómetros. El recorrido ha combinado desplazamientos urbanos diarios, varios trayectos por autovía en dirección a Guadalajara y Segovia, así como carreteras secundarias en la sierra norte madrileña. Un uso realista, sin buscar condiciones ideales, con tráfico habitual, temperaturas invernales suaves y una convivencia continua con el coche, como lo haría cualquier usuario en su día a día.

El primer contacto se produce a primera hora de la mañana, al recoger la unidad en el concesionario de Kuruba Motor en Leganés. Con una luz todavía suave, el CX-80 impone desde el primer vistazo. Sus más de 4,99 metros de longitud, casi 1,9 metros de ancho y una altura cercana a 1,71 metros se perciben claramente, aunque el diseño evita cualquier exceso visual. El frontal, dominado por una gran parrilla vertical y unas ópticas estilizadas, transmite robustez sin resultar agresivo. De perfil, la línea es limpia y alargada, con unas proporciones muy equilibradas, mientras que la zaga apuesta por pilotos horizontales finos y bien integrados que refuerzan la sensación de anchura y empaque.
En ciudad, el tamaño es el primer factor que condiciona la experiencia. No es un SUV compacto ni pretende serlo, pero Mazda ha trabajado bien aspectos clave como la visibilidad y la asistencia electrónica. La posición de conducción elevada, junto con una buena superficie acristalada, facilita la percepción del entorno. Las cámaras de visión periférica y los sensores de proximidad hacen que maniobrar en garajes o calles estrechas resulte menos estresante de lo esperado. La dirección, muy ligera a baja velocidad, ayuda en giros cerrados, y el sistema híbrido permite moverse en silencio absoluto siempre que haya carga en la batería, algo especialmente agradable en entornos urbanos.


El sistema PHEV combina un motor gasolina atmosférico de 2,5 litros con un propulsor eléctrico, alcanzando una potencia conjunta de 327 CV y un par máximo que supera holgadamente los 500 Nm. La batería, con 17,8 kWh de capacidad bruta, permite homologar una autonomía eléctrica de hasta 60 kilómetros. En uso real, durante la semana de prueba y con temperaturas entre 8 y 14 grados, la autonomía eléctrica efectiva se ha situado entre 42 y 48 kilómetros, suficiente para cubrir la mayoría de desplazamientos urbanos diarios sin consumir una sola gota de gasolina.
Durante los primeros días, el CX-80 se ha utilizado principalmente en modo eléctrico en ciudad. El comportamiento es suave, progresivo y muy refinado. No se perciben tirones ni transiciones bruscas cuando entra en funcionamiento el motor térmico, y la insonorización está muy lograda, tanto por el aislamiento acústico como por el propio carácter del sistema híbrido. En atascos o circulación lenta, el confort es elevado y el consumo energético se mantiene contenido, con medias cercanas a los 22 kWh/100 km en un entorno urbano realista.

En autovía, el planteamiento cambia. Con la batería descargada, el CX-80 funciona como un híbrido convencional, apoyándose en el motor eléctrico en aceleraciones y recuperaciones. A 120 km/h constantes, el motor gira relajado gracias a la caja automática de ocho relaciones, y el aislamiento frente a ruido aerodinámico y de rodadura mantiene un nivel muy alto para un SUV de este tamaño. En este escenario, el consumo medio registrado ha sido de 7,6 l/100 km, una cifra coherente si se tiene en cuenta el peso, el tamaño y la potencia disponible.

Las prestaciones no suponen un problema en ningún contexto. El 0 a 100 km/h se completa en algo menos de seis segundos, y las recuperaciones son contundentes incluso con el vehículo cargado. La tracción total AWD aporta un plus de seguridad en aceleraciones fuertes y sobre firmes deslizantes, algo que se agradece especialmente en carreteras secundarias húmedas o en cambios de apoyo rápidos.
En este punto conviene aclarar el enfoque del CX-80 en cuanto a capacidades fuera del asfalto. Aunque cuenta con tracción total y un buen control de motricidad, no estamos ante un todoterreno ni ante un SUV pensado para un uso intensivo fuera del asfalto. Sí permite circular con solvencia por pistas en buen estado, caminos de tierra o accesos complicados a zonas rurales, siempre dentro de un uso razonable. La altura libre al suelo y la gestión electrónica de la tracción ayudan, pero su planteamiento sigue siendo claramente asfáltico, priorizando confort y estabilidad.
En carreteras secundarias, el CX-80 sorprende por su equilibrio general. No es un coche deportivo, pero la puesta a punto del chasis y de las suspensiones logra contener bien los movimientos de la carrocería. La suspensión filtra con eficacia baches e irregularidades, priorizando claramente el confort, aunque sin transmitir sensación de flotación. La dirección gana peso a mayor velocidad y ofrece la información suficiente para conducir con confianza, incluso en tramos más revirados.

El interior es uno de los grandes argumentos del CX-80. Mazda mantiene su filosofía de calidad percibida elevada, con materiales agradables al tacto, ajustes precisos y una presentación sobria que transmite cierta sensación artesanal. Los asientos delanteros son amplios, cómodos y con buen apoyo, ideales para largos desplazamientos. La segunda fila ofrece un espacio muy generoso para piernas y cabeza, mientras que la tercera, sin ser la más amplia del segmento, resulta perfectamente utilizable para trayectos ocasionales, especialmente por parte de niños o adolescentes.
El puesto de conducción está claramente orientado al conductor. La instrumentación combina un cuadro digital configurable con una pantalla central bien integrada y manejable mediante mando giratorio, lo que reduce distracciones en marcha. El sistema multimedia es completo, compatible con Apple CarPlay y Android Auto, y responde con rapidez. La climatización trizona, los asientos calefactados y ventilados según versión, junto con el elevado nivel de insonorización, refuerzan la sensación de viajar en un coche pensado para devorar kilómetros.

Durante los viajes largos, la comodidad a bordo es uno de los aspectos que más destacan. El CX-80 se mueve con una suavidad y un aislamiento que lo sitúan muy cerca de lo que muchos considerarían un auténtico SUV de lujo, sin complejos frente a propuestas de marcas alemanas. La sensación general es de solidez, calma y refinamiento, algo que se percibe tanto desde el puesto de conducción como desde las plazas traseras.

El maletero ofrece alrededor de 258 litros con las siete plazas en uso, suficiente para el día a día, y supera ampliamente los 680 litros con la tercera fila abatida. Con las dos filas traseras plegadas, la capacidad se acerca a los 2.000 litros, lo que convierte al CX-80 en una herramienta muy válida para familias que necesitan espacio de forma puntual sin renunciar al confort.

En materia de seguridad, el CX-80 incorpora un completo paquete de asistentes a la conducción. Control de crucero adaptativo, mantenimiento activo de carril, asistente de ángulo muerto, frenada automática de emergencia y reconocimiento de señales funcionan de manera suave y poco intrusiva. El sistema de frenos, con un tacto firme y fácil de dosificar, transmite confianza incluso en frenadas exigentes, mientras que las suspensiones mantienen la estabilidad del conjunto en cualquier circunstancia. Durante la semana de prueba, este conjunto ha aportado un extra de tranquilidad, especialmente en trayectos largos por autovía.

La experiencia de carga es la habitual en un PHEV actual. En un enchufe doméstico convencional, la batería se recarga en torno a siete horas, mientras que con un wallbox de 7,4 kW el tiempo se reduce a algo menos de tres horas. No admite carga rápida en corriente continua, algo esperable en este tipo de híbridos enchufables, pero suficiente para un uso diario planificado. La gestión energética desde el menú del vehículo permite priorizar el uso eléctrico, conservar carga o dejar que el sistema decida automáticamente.
En cuanto a precios, el Mazda CX-80 PHEV parte en España desde una cifra ligeramente por encima de los 60.000 euros, dependiendo del acabado y de las promociones vigentes. No es una cantidad baja, pero se sitúa en línea con sus rivales directos, ofreciendo a cambio un elevado nivel de calidad, tecnología y una mecánica potente y eficiente.

El CX-80 nos deja una impresión muy clara. Es un SUV grande, cómodo y muy bien construido, pensado para personas que buscan espacio, seguridad y una conducción relajada. Su sistema híbrido enchufable permite reducir consumos de forma notable en el día a día si se aprovecha la carga eléctrica, mientras que en viajes largos mantiene un comportamiento sólido y refinado.
No es el coche más ágil ni el más tecnológico del segmento, pero sí uno de los más equilibrados. El Mazda CX-80 PHEV encaja especialmente bien en perfiles familiares con posibilidad de carga en casa, que valoren el confort, la calidad de acabados y una experiencia de conducción natural, sin artificios. Un gran SUV que apuesta más por el uso real y la coherencia que por cifras llamativas, y que en el contexto actual del mercado español tiene mucho sentido.




















