Dentro de poco, quien pasee por la Castellana, por el centro de Getafe o por las avenidas de Alcobendas puede cruzarse con un Jaguar I-Pace blanco coronado por una especie de cúpula giratoria. No será un coche de rodaje cualquiera: es la avanzadilla de Waymo en Madrid, la filial de conducción autónoma de Alphabet, que ha elegido la región madrileña para preparar su primer servicio de robotaxis en España.
La compañía lo anunció el 20 de octubre y no se anduvo con rodeos sobre el objetivo: llevar a los primeros pasajeros en 2027 sin nadie al volante. Hasta entonces queda un camino largo, con fases bien marcadas y sin servicio comercial. Waymo insiste en que, por ahora, no vende viajes en España.
El plan arranca de la forma más prosaica posible. Durante las primeras semanas los coches circularán conducidos por personas, recogiendo datos de calles, cruces, glorietas y hábitos de tráfico para construir los mapas de alta precisión de los que depende todo el sistema. Después llegará la conducción autónoma real, pero con especialistas locales formados sentados en el puesto del conductor y listos para intervenir. Solo cuando esa validación técnica termine, los mandos quedarán vacíos y se abrirá la puerta a los clientes.

Las pruebas se harán en vías públicas y, según la propia empresa, normalmente las veinticuatro horas del día, siempre bajo las directrices de la DGT. Las tres zonas iniciales son Madrid capital, Alcobendas y Getafe, aunque Waymo ya deja caer que el área podría crecer más adelante. La elección tiene lógica: un centro urbano denso y complicado, un municipio empresarial del norte con mucho tráfico de entrada y salida, y una ciudad del sur con un perfil más residencial e industrial.
El coche elegido es un viejo conocido. El Jaguar I-Pace es la base de la flota que Waymo opera en Estados Unidos, un SUV eléctrico al que se le añade un equipo de cámaras, radares y lidar que, según la empresa, ofrece visión de 360 grados con un alcance de hasta 300 metros. El techo, los pilares y los paragolpes se llenan de sensores, y un ordenador a bordo fusiona toda esa información en tiempo real para decidir qué hacer en cada momento.
Waymo no llega a Madrid como un laboratorio que empieza de cero. La empresa asegura haber completado más de 20 millones de viajes, mueve más de medio millón de trayectos de pago cada semana y presume de superar los 400 millones de kilómetros recorridos en modo totalmente autónomo en vías públicas. Opera en más de quince grandes ciudades estadounidenses y, según sus propios registros, sus coches se ven implicados en un 95 % menos de accidentes con heridos graves o fallecidos que los conductores humanos en esas mismas ciudades.
Son cifras de la compañía y conviene leerlas como tales. Pero también explican por qué el desembarco en Madrid ha llamado tanto la atención. Tekedra Mawakana, codirectora ejecutiva de Waymo, lo resumió con un guiño a la capital: tienen muchas ganas de dar servicio a los madrileños.

El anuncio ha venido acompañado de apoyos del mundo de la seguridad vial. Ignacio Lijarcio, presidente de la Fundación Española para la Seguridad Vial, defendió que la tecnología alcanza su verdadero propósito cuando se pone al servicio de las personas. Mar Cogollos, directora de la Asociación para el Estudio de la Lesión Medular Espinal, recordó que su prioridad es lograr una movilidad en la que nadie muera ni sufra lesiones graves en un siniestro evitable.
Hay otra cuestión que en Europa pesa casi tanto como la seguridad: la privacidad. Un coche que circula grabando su entorno sin descanso despierta recelos, y Waymo ha querido adelantarse. Afirma que cumple el Reglamento General de Protección de Datos, que no utiliza reconocimiento facial ni identificación biométrica y que no vende datos ni los usa con fines publicitarios. También subraya que es una empresa independiente dentro de Alphabet y que no comparte información personal con Google salvo en casos limitados.
Queda por ver cómo encaja un servicio así en una ciudad donde el taxi y los VTC llevan años en guerra abierta por cada licencia y cada carrera. Waymo dice estar trabajando con las administraciones nacional, regional y local, formando a los servicios de emergencia para que sepan actuar ante uno de sus vehículos y buscando socios locales para la operación diaria.
Para el conductor madrileño, el cambio inmediato será casi anecdótico. Verá coches con sensores llamativos, algunos con una persona al volante que no toca nada, y poco más. La verdadera prueba llegará cuando esos Jaguar empiecen a lidiar con la doble fila, los repartidores, los patinetes y las obras perpetuas de la ciudad. Ahí se sabrá si la experiencia acumulada en Phoenix o San Francisco sirve también para circular en Madrid.
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