Un doble oro olímpico de bici, 6:52 en Nürburgring con su Porsche

Tom Pidcock lleva su 911 GT3 RS con Manthey Kit al Nordschleife y su crono de 6:52,37 sorprende hasta a Jörg Bergmeister. Qué hay detrás de esa marca.
Porsche 911 GT3 RS con Manthey Kit junto a Jörg Bergmeister y Tom Pidcock en Nürburgring

Seis minutos, 52 segundos y 37 centésimas. Ese es el tiempo que Tom Pidcock, doble campeón olímpico de ciclismo de montaña, marcó este mismo año en el Nordschleife de Nürburgring con su propio Porsche 911 GT3 RS con Manthey Kit. No es la clase de marca que uno espera de un ciclista, aunque tampoco es la clase de ciclista que uno se encuentra todos los días. El británico, de 27 años, ganó el oro en cross country en Tokio 2020 y lo revalidó en París 2024, además de haber sido campeón del mundo de ciclocross y vencedor en grandes carreras de carretera.

Hay que poner ese tiempo en su contexto, porque no se trata de un récord oficial. Es lo que los habituales del circuito llaman bridge to gantry, es decir, de puente a pórtico, la medida empleada en las sesiones abiertas al público, que no cubre la vuelta completa con la que los fabricantes presentan sus marcas. Tampoco se puede comparar con el crono de un piloto profesional en condiciones de homologación. Aun así, es una referencia que muy pocos aficionados, por muy rápidos que sean, pueden firmar en un trazado tan traicionero como el Infierno Verde.

Porsche 911 GT3 RS con Manthey Kit en Nürburgring con Tom Pidcock y Jörg Bergmeister
El 911 GT3 RS con Manthey Kit de Pidcock, en Nürburgring. Foto: Porsche AG

Porsche ha aprovechado la historia para reunirlo con Jörg Bergmeister, piloto de desarrollo de la marca y antiguo piloto de carreras, en una jornada en el propio circuito. La propuesta, según la marca, era sencilla: conocer mejor el coche y, sobre todo, pasarlo bien. El tiempo no acompañó al principio. La mañana amaneció fría y muy mojada, de modo que el coche salió con los Michelin Pilot Sport S 5, el neumático que el fabricante propone para lluvia en el GT3 RS, y solo pasó a las gomas de seco cuando la pista empezó a secarse, a primera hora de la tarde.

El coche merece unas líneas. Se trata de un 911 GT3 RS de la generación 992.1, con su motor bóxer atmosférico de cuatro litros y 525 CV, al que el kit de Manthey añade mejoras específicas en suspensión, frenos y aerodinámica. Porsche no detalla en esta ocasión cifras concretas del paquete, aunque la relación entre ambas empresas se ha estrechado: en octubre, la marca de Stuttgart elevó su participación en Manthey Racing hasta el 67 %.

Antes de rodar, los dos se pasaron por el taller de Manthey, junto a la zona de Döttinger Höhe. Allí Pidcock se encontró con algo que le resultaba familiar. La forma en que el equipo organiza las piezas, el almacén y las listas de material le recordó al taller de servicio de su escuadra ciclista, y lo resumió con una frase breve: «Es un mundo parecido». Tiene sentido, porque en ambos casos se trata de que nada falle cuando el margen es mínimo.

Lo más interesante de su testimonio tiene que ver con las sensaciones. Pidcock defiende que hay que recurrir al tacto y que, a la hora de desarrollar una bicicleta, el sentir del deportista pesa más que los datos, una opinión curiosa en un deporte tan obsesionado con los vatios como el ciclismo actual. Del Nordschleife dice que es un lugar muy impredecible, y que Porsche y Manthey logran que sus coches resulten lo más previsibles posible. Es un elogio que dice mucho de lo que se le pide a un buen deportivo de circuito: que no sea más rápido a costa de asustar, sino que dé confianza a quien lo lleva.

De eso mismo habla Bergmeister, para quien ser rápido en este trazado depende de tener confianza. Sobre su alumno de un día se muestra rotundo: «Tom se sube y sabe exactamente lo que hace, tiene muy buen tacto con el coche y, además, ningún miedo». El piloto alemán le sugirió pequeños ajustes en los amortiguadores y consejos para clavar las referencias de frenada y de entrada en curva, y calificó su ritmo de asombroso para alguien que no rueda allí con regularidad. También apuntó que se le da bien bajar, igual que en las carreras en bicicleta. No conviene olvidar que esto es un reportaje de la propia marca, poco dado a la crítica, pero la comparación tiene su lógica: quien se lanza a toda velocidad por una bajada técnica en un sendero ya ha entrenado la lectura del terreno.

Queda la explicación del propio Pidcock sobre por qué dedica su tiempo libre a esto. Lo atribuye al alto rendimiento, a una misma mentalidad que comparte con su deporte, pero con una diferencia que debe de ser un alivio para alguien que vive de los resultados: en el circuito no tiene presión y puede competir simplemente consigo mismo. Hay formas más baratas de descansar de una temporada, aunque pocas tan entretenidas.

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