Hay curvas que llevan nombre de piloto, y en la Isla de Man una de ellas es de John McGuinness. El rápido a izquierdas que sigue a Handley’s se conoce desde 2013 como McGuinness’s Corner, un homenaje que pocas leyendas del motociclismo reciben en vida. Ahora el inglés ha vuelto a ese trazado, esta vez sin casco integral ni mono de cuero, al volante de su Porsche 911 Carrera 4S de la generación 996, para enseñar en la serie Sunday Drives de la marca alemana la carretera que, en sus propias palabras, considera la más grande del mundo.
McGuinness no necesita presentación entre los aficionados a las carreras de motos en carretera. Tiene 54 años, debutó en el Tourist Trophy en 1996 y suma 23 victorias en la prueba más exigente y peligrosa del calendario, una cifra que lo sitúa entre los más laureados de la historia del TT. Ha completado miles de vueltas al Mountain Course y se conoce de memoria sus alrededor de 260 curvas, algo que solo se consigue tras décadas de repetirlas. «Crecí soñando con correr en el TT», recuerda el piloto, que ha convertido ese sueño de niño en una carrera de tres décadas.
El recorrido tiene 37,73 millas, unos 60,7 kilómetros, y la gracia está en que no es un circuito permanente. Son carreteras públicas que atraviesan pueblos, campos y la zona montañosa de la isla, y que durante el resto del año utilizan los vecinos para ir a trabajar o a hacer la compra. La vuelta empieza y termina en Douglas, la capital, y va encadenando nombres que cualquier seguidor del TT reconoce al instante: Quarterbridge, Braddan Bridge, Laurel Bank, la recta de Cronk-Y-Voddy, Handley’s, la plaza de Ramsey, la horquilla de Gooseneck, Windy Corner, Kate’s Cottage, Creg Ny Baa, Brandish, Hillberry, The Nook y, ya de vuelta, Glencrutchery Road, donde está la línea de meta.

El tramo de montaña es el más famoso por una razón muy concreta: no tiene límite superior de velocidad. Eso no significa que sea una pista libre de normas, porque sigue siendo una carretera abierta al tráfico, con curvas ciegas, muros de piedra y cambios de rasante, pero explica por qué tantos aficionados peregrinan cada año hasta allí con sus coches y sus motos. Recorrerlo con alguien que lo ha hecho a más de 200 km/h de media sobre dos ruedas debe de ser, como mínimo, una lección de humildad.
La elección del coche también tiene su lectura. McGuinness podría haber aparecido con un 911 moderno cedido por la marca, pero lo que conduce es un Carrera 4S de la serie 996, de su propiedad. Es una generación que durante años vivió a la sombra de sus hermanos, criticada por sus faros en forma de huevo frito, compartidos con el Boxster, y por ser la primera en abandonar la refrigeración por aire que había definido al 911 desde 1963. Con el paso del tiempo, el 996 se ha ganado su sitio. Fue el modelo que modernizó el 911 y el que permitió a Porsche fabricarlo en mayores cantidades sin perder su esencia.
El Carrera 4S es, además, una de las versiones más apreciadas de esa familia. Combinaba la tracción total con la carrocería ancha del 911 Turbo, sus frenos y su suspensión, pero mantenía el motor bóxer atmosférico de seis cilindros y 3,6 litros, con 320 CV. Era la forma de tener la presencia del Turbo sin su precio, y hoy es una de esas versiones que los aficionados buscan cuando quieren un 911 clásico que se pueda usar sin miedo a diario. Tiene sentido que lo elija alguien acostumbrado a interpretar la adherencia en asfalto irregular, porque la tracción total ofrece un plus de aplomo en una carretera que mezcla tramos húmedos, baches y cambios de superficie.

El recorrido forma parte de Sunday Drives, la serie con la que Porsche reúne a personajes muy ligados a una carretera concreta para recorrerla con su coche. La fórmula funciona porque huye del anuncio: no se trata de vender un modelo nuevo, sino de mostrar cómo se vive un 911 fuera del concesionario, con kilómetros, historia y un dueño que sabe lo que tiene entre manos.
Para quien nunca haya estado en la isla, la propuesta tiene un valor añadido. Ver el Mountain Course de la mano de quien mejor lo conoce ayuda a entender por qué el TT sigue fascinando a tanta gente pese a sus riesgos, y por qué tantos pilotos repiten durante décadas. McGuinness resume esa relación con una frase sencilla, sin adornos, la de alguien que ha pasado media vida allí: es la mejor carretera del mundo. Viniendo de quien viene, cuesta llevarle la contraria.
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