El robo de vehículos ha cambiado de piel. La imagen del cristal roto y la cerradura reventada ya no explica buena parte de los casos actuales. En España, cada vez es más habitual que la sustracción se produzca sin daños visibles, con el coche aparentemente “intacto” y, aun así, desaparecido. Ese cambio encaja con la evolución de las cifras y, sobre todo, con la manera de actuar: rapidez, discreción y planificación. En los balances oficiales, las sustracciones de vehículos siguen siendo un problema relevante, aunque con oscilaciones por periodos.
La clave está en que muchos robos ya no necesitan violencia física. Los ladrones buscan fallos de rutina y puntos débiles tecnológicos: el gesto de cerrar con el mando sin comprobar, la confianza en sistemas “keyless” y la facilidad de acceder a conectores pensados para mantenimiento. Según la experiencia de compañías especializadas en recuperación, como LoJack Iberia, el patrón se repite: robos silenciosos, con pocos segundos de ejecución y, a menudo, en lugares donde nadie se extraña de ver a alguien cerca de un coche. Esa normalización juega a favor del delincuente y en contra del conductor, que puede tardar horas en darse cuenta.

Uno de los métodos que más se repite es el uso de inhibidores de señal. El escenario es muy concreto: el conductor pulsa el cierre a distancia, escucha o cree escuchar el “clack” del cierre centralizado, se aleja y entra en un centro comercial, un aparcamiento de rotación o una zona turística. En realidad, un inhibidor bloquea la comunicación del mando con el coche y el vehículo se queda abierto. Minutos u horas después, el acceso es limpio, sin forzar, y con un riesgo mínimo de ser detectado. Este tipo de robo se apoya en la prisa y en entornos con mucho ruido y movimiento.
La segunda gran vía es el duplicado electrónico de llaves y las técnicas de captura o amplificación de señal, que incluyen variantes del conocido “ataque relay”. El objetivo es reproducir la credencial digital del vehículo para abrirlo y arrancarlo como si se tratara de su llave legítima. En algunos casos, el proceso se ejecuta en segundos y sin contacto directo con el coche, lo que explica por qué muchos propietarios no encuentran señales de manipulación. El cierre, por sí solo, deja de ser una garantía si el atacante logra replicar la autorización. El robo, además, se vuelve selectivo: se eligen modelos, ubicaciones y horarios que reduzcan el margen de error.
El tercer método, especialmente ligado a robos planificados, pasa por el puerto OBD. Es el conector de diagnosis que usan los talleres para leer fallos y configurar parámetros, pero también puede servir para reprogramar llaves o desactivar funciones de inmovilización cuando el delincuente ya está dentro del habitáculo. El salto crítico no siempre es “romper”, sino “entrar”, y en ese punto vuelven a aparecer los inhibidores, el descuido al cerrar o incluso accesos furtivos en parkings. Con herramientas específicas y conocimiento técnico, el tiempo de intervención se reduce a minutos, algo que encaja con la profesionalización del delito.
El denominador común de estas técnicas es lo que más complica la recuperación: la ausencia de rastro. Puertas sin marcas, cerraduras intactas y lunas perfectas retrasan la sospecha y, por tanto, la denuncia. Y en este tipo de delitos el reloj importa. En 2025, los datos del Ministerio del Interior reflejan miles de sustracciones por periodos, lo que sitúa el fenómeno como una amenaza persistente para particulares y flotas. Cuando el aviso llega tarde, el vehículo puede estar ya en otra provincia, oculto en un garaje o en proceso de “enfriamiento” para su posterior traslado o despiece.
A esa rapidez se suma un componente que se repite en los casos más “limpios”: la vigilancia previa. No hace falta imaginar operaciones cinematográficas, basta con rutinas previsibles. Aparcar siempre en el mismo punto, dejar el coche largos periodos sin supervisión o repetir horarios facilita que el delincuente estudie el entorno, compruebe la presencia de cámaras, detecte puntos ciegos y elija el momento con menor exposición. Este patrón afecta tanto a vehículos particulares como a unidades de empresa, donde la rotación de conductores y la logística diaria pueden generar hábitos fáciles de anticipar.
En este contexto, la tecnología ya no se interpreta sólo como una barrera, sino como una herramienta para actuar cuando la barrera falla. LoJack defiende un enfoque basado en radiofrecuencia VHF y en la coordinación con fuerzas de seguridad para localizar vehículos incluso cuando el robo se ha producido sin señales visibles y el propietario ha tardado en advertirlo. La diferencia práctica, frente a soluciones que dependen únicamente de cobertura o de que el sistema no sea neutralizado, está en mantener una señal difícil de detectar y en activar la búsqueda cuanto antes tras la denuncia.
La conclusión es incómoda, pero útil: la sustracción de vehículos se ha vuelto más tecnológica y menos ruidosa, y el conductor debe ajustar hábitos. Comprobar el cierre de forma visual o manual cuando se estaciona, desconfiar de cierres “demasiado silenciosos”, evitar dejar llaves cerca de accesos en casa y reducir la exposición del OBD son medidas de sentido común, pero no infalibles. Cuando el robo se produce, lo que marca diferencias es la rapidez con la denuncia y la capacidad real de localización. Porque hoy el problema no siempre es “cómo entraron”, sino “cuándo te diste cuenta”.























