La llegada del nuevo Volkswagen Tayron supone un paso importante dentro de la gama SUV de la marca. Es un modelo reciente en Europa, desarrollado sobre la plataforma MQB Evo y pensado para cubrir el hueco que quedaba entre el Tiguan y el Touareg, tanto en tamaño como en capacidad. Con 4,79 metros de longitud y posibilidad de siete plazas, se convierte en una alternativa directa para familias que necesitan espacio sin dar el salto a vehículos más costosos. La versión probada, equipada con el motor 2.0 TDI de 150 CV y el cambio automático DSG de siete velocidades, busca mezclar eficiencia, suavidad y un enfoque práctico para el día a día.

Inicié la prueba en el punto habitual de recogida de cesiones de Volkswagen en el concesionario de F. Tome, de la madrileña calle Tauro, una fría mañana entre semana en la que nuestro Tayron blanco, esperaba listo para comenzar la ruta. Las primeras impresiones, incluso antes de arrancar, tienen mucho que ver con el tamaño del vehículo. La silueta recuerda al Tiguan, pero más estirada y con un porte claramente más amplio. El frontal, con la firma lumínica actual de la marca y una parrilla limpia, transmite esa imagen sólida tan típica de Volkswagen. La unidad en concreto montaba llantas de gran diámetro que complementaban bien la estética, y un color oscuro que acentuaba la sensación de coche grande.
Al subirme, lo primero que percibí fue la ergonomía familiar. Volkswagen mantiene esa forma de colocar todo donde esperas encontrarlo. El puesto de conducción queda elevado, con una visibilidad frontal amplia y un ajuste de asiento que permite regular al milímetro. Los nuevos mandos táctiles retroiluminados, una mejora respecto a generaciones previas, facilitan las configuraciones básicas de climatización sin necesidad de buscar entre menús. La pantalla central, bien integrada y con buena respuesta, muestra una interfaz clara, rápida y compatible con CarPlay y Android Auto. Todo transmite la sensación de estar en un coche pensado para convivir con él desde el primer momento, sin aprender nada complejo.


El arranque del motor diésel deja un sonido contenido. El 2.0 TDI de 150 CV, asociado al conocido DSG de siete marchas, ofrece una entrega de potencia suave. Son 360 Nm disponibles desde 1.600 rpm, algo que se nota al comenzar a circular en tráfico urbano. Madrid a esas horas siempre deja un escenario de arranques, paradas, rotondas y pequeños giros entre calles que dejan claro si un coche grande se desenvuelve con naturalidad o si exige demasiada atención. En este caso, el Tayron se mueve con más agilidad de la que su tamaño hace pensar. El DSG cambia rápido, sin tirones, y mantiene el motor girando muy bajo en cuanto puede. La respuesta no es explosiva, pero sí progresiva y lineal, suficiente para mover sus 1.773 kilos sin esfuerzo.

Maniobrar en calles más estrechas requiere algo de cuidado. El radio de giro de 12,1 metros no es precisamente compacto, pero las cámaras y sensores ayudan mucho a situar el coche. La visibilidad posterior no es tan ampla debido al portón grande y a la forma del pilar, pero la cámara trasera de alta calidad compensa perfectamente. En el tráfico urbano, el consumo rondó los 7 litros cada 100 kilómetros, una cifra en línea con lo esperado para un coche de estas dimensiones y que coincide prácticamente con los 7,5 l/100 km homologados en ciclo bajo.
Conforme fui saliendo hacia zonas más despejadas, el Tayron mostró un carácter mucho más relajado. En autovía, a 120 km/h constantes, el motor apenas se oye, y lo que más destaca es la estabilidad de la carrocería. La suspensión tiene un punto firme que evita movimientos incómodos, pero sabe absorber irregularidades sin transmitir golpes secos. Con esta base, viajar con el Tayron se hace sencillo: la dirección tiene un peso natural, no demasiado ligera, y el coche mantiene el rumbo sin necesidad de microcorrecciones. Durante un trayecto largo por la A-2, el consumo medio bajó hasta los 5,6 l/100 km, muy cerca de los 5,5 l/100 km oficiales. Con su depósito de 55 litros, la autonomía real se sitúa fácilmente en torno a los 800 kilómetros e incluso más si se conduce con suavidad.

En carretera secundaria, donde las curvas y los cambios de ritmo se alternan, el Tayron mantiene un equilibrio interesante. No es un SUV deportivo ni busca serlo, pero se siente aplomado gracias a la puesta a punto del chasis y a la forma en la que reparte el peso. El motor TDI tiene un margen suficiente para adelantar con tranquilidad; las recuperaciones, ayudadas por el par, permiten subir de 80 a 120 km/h sin sensación de quedarte corto. La aceleración de 0 a 100 km/h en 9,7 segundos confirma ese carácter más enfocado al uso real que a las cifras, mientras que la velocidad máxima de 210 km/h deja margen en autopistas europeas. No cuenta con tracción total en esta versión, pero en los recorridos que hice, casi todos en sobre asfalto seco, no representó ningún inconveniente.

El interior es uno de sus mayores puntos fuertes. Las plazas delanteras son amplias y, gracias a un espacio para la cabeza de más de un metro, incluso personas muy altas viajan sin sensación de encierro. La segunda fila ofrece buena anchura horizontal y espacio suficiente para tres pasajeros, algo que no siempre ocurre en este segmento. La tercera fila está pensada para uso ocasional, como suele pasar en los SUV de siete plazas, y resulta más adecuada para niños o adultos en trayectos cortos. Aun así, su presencia aporta una flexibilidad que se agradece en escapadas familiares o cuando hace falta llevar a más gente.

Donde el Tayron marca diferencia es en el maletero. Con cinco plazas en uso ofrece 885 litros de capacidad, un volumen enorme y muy aprovechable. Si se pliegan las dos filas, la cifra asciende a 2.090 litros y deja un espacio completamente plano, con casi dos metros de longitud. Es un coche pensado para quienes necesitan capacidad real: maletas grandes, cochecitos, bicicletas o todo lo que requieren las familias que viajan con frecuencia. La apertura del portón es amplia y el borde de carga queda a una altura cómoda para introducir objetos pesados.
La calidad percibida interior sigue la línea moderada pero sólida de Volkswagen. No busca lujo, sino resistencia en el día a día. Los materiales principales transmiten buena sensación al tacto, los ajustes son firmes y la insonorización del habitáculo está bien conseguida incluso en asfalto más rugoso. El sistema multimedia es intuitivo, la conectividad funciona sin desconexiones y los comandos táctiles se han afinado respecto a generaciones anteriores. Todo contribuye a esa idea de coche que se usa sin complicaciones.

En seguridad, el Tayron llega muy completo. Integra control de crucero adaptativo, frenada automática de emergencia, asistente de mantenimiento de carril, monitorización de ángulo muerto, sensores perimetrales, asistente en atascos y reconocimiento de señales de tráfico. Durante los trayectos largos utilicé con frecuencia el control adaptativo, que actúa de manera suave y mantiene la distancia sin movimientos bruscos. El centrado de carril también trabaja con naturalidad, evitando correcciones secas. No es un sistema intrusivo, algo que se agradece en viajes de varias horas.



El precio del Volkswagen Tayron 2.0 TDI 150 CV DSG en España parte alrededor de los 47.000 euros en esta versión “Más”. Es una cifra que lo sitúa por encima del Tiguan estándar, pero también ofrece más espacio, más capacidad y un enfoque claramente más familiar. Dependiendo del concesionario, suele haber promociones vinculadas a financiación, aunque varían con frecuencia y conviene consultarlas.

Después de convivir con él durante siete días, el Tayron deja la impresión de un coche práctico, amplio y cómodo. No pretende destacar por aceleraciones fuertes ni por una tecnología especialmente llamativa, sino por algo más importante: ser un SUV que funciona bien en el día a día y que ofrece una capacidad real difícil de igualar en su rango de precio. Es ágil en ciudad para su tamaño, consume poco en carretera, tiene una autonomía excelente y la calidad interior es consistente. En el lado menos favorable, el radio de giro exige algo de adaptación en maniobras y la tercera fila sigue siendo secundaria para adultos, pero estos detalles entran dentro de lo habitual en su categoría.

El Volkswagen Tayron apunta directamente a quienes buscan un SUV amplio y eficiente para el uso familiar, con un motor diésel que mantiene la lógica del viaje largo y un habitáculo que permite adaptarse a cualquier situación. No es un coche que busque sorprender; es un coche que cumple. Y a veces, eso es precisamente lo que más se agradece después de una semana al volante.





















