Durante la última década, la industria automovilística europea había avanzado con un objetivo aparentemente inamovible: eliminar por completo los motores de combustión en 2035. La electrificación total era el horizonte al que apuntaban los fabricantes, las instituciones comunitarias y los inversores. Sin embargo, a finales de 2025, ese futuro parece menos claro. Grandes grupos como Porsche, Mercedes-Benz, Ford o Stellantis han comenzado a revisar sus planes, introduciendo un frenazo generalizado que marca un cambio de tendencia en toda la cadena del automóvil.
El entusiasmo inicial por la movilidad eléctrica ha chocado con la realidad económica, tecnológica y social de los mercados. Lo que hace apenas unos años se presentaba como una transformación inevitable empieza a dar paso a una etapa más cautelosa, en la que las marcas intentan equilibrar innovación y rentabilidad sin renunciar por completo a los motores de combustión ni a las tecnologías híbridas.

El caso más visible es el de Mercedes-Benz. Tras haber anunciado su intención de convertirse en una marca 100% eléctrica a finales de esta década, el fabricante alemán ha reconocido que ese objetivo no será viable en los plazos previstos. Las ventas de vehículos eléctricos puros no crecen al ritmo esperado, y el coste de producción continúa siendo demasiado elevado en comparación con los modelos tradicionales. En países como España, Italia o Portugal, donde la infraestructura de recarga sigue siendo limitada, la demanda de eléctricos se ha estancado por debajo del 10% del mercado total.
Porsche, por su parte, también ha revisado sus planes. Aunque el Taycan sigue siendo uno de los eléctricos más avanzados del segmento premium, la marca ha decidido mantener versiones híbridas y térmicas en modelos emblemáticos como el 911 y el Macan. El coste del desarrollo eléctrico y la necesidad de preservar el carácter mecánico de sus vehículos han llevado a la firma de Stuttgart a una estrategia más equilibrada, donde la deportividad clásica convive con la transición energética.

Algo similar ocurre en Ford. La compañía estadounidense había apostado con fuerza por la electrificación en Europa, incluso transformando fábricas completas para centrarse en nuevos modelos eléctricos. Sin embargo, el cambio de tendencia del mercado y los menores márgenes de beneficio han obligado a reestructurar parte de su estrategia. Algunos proyectos eléctricos se han reconvertido a híbridos enchufables, y las previsiones de producción se han reducido hasta que la demanda muestre una recuperación más sólida.
El fenómeno no es exclusivo de estas marcas. Stellantis, grupo que agrupa a Peugeot, Citroën, Opel, Fiat y Jeep, también ha ajustado su plan “Dare Forward 2030”, que contemplaba un futuro totalmente eléctrico en Europa. Ahora, la compañía dirigida por Carlos Tavares apuesta por una transición más flexible. En lugar de imponer un calendario cerrado, Stellantis adaptará su gama según la demanda de cada mercado, reforzando la oferta híbrida y los motores de bajas emisiones en países donde el eléctrico aún no es competitivo.

Este repliegue estratégico refleja una realidad que los analistas llevan meses señalando: el mercado de vehículos eléctricos crece, pero no de manera sostenida ni homogénea. Las ventas aumentan en mercados como Alemania o los Países Bajos, pero caen en otros países del sur de Europa y del este, donde el poder adquisitivo medio es menor y los incentivos estatales no compensan el alto coste inicial de compra. A ello se suma la incertidumbre política en torno a las normas de emisiones y la propia fecha límite de 2035, que podría ser revisada en función del contexto económico y de la evolución tecnológica.
Otro de los motivos que explican este retroceso es el peso de la industria auxiliar. Miles de proveedores europeos especializados en componentes para motores térmicos dependen de un calendario de transición realista. La transformación hacia la electrificación total implica inversiones multimillonarias y cambios estructurales que, si se aceleran demasiado, pueden poner en riesgo el empleo en regiones enteras. Empresas de referencia como Bosch o ZF ya han comenzado a reducir personal en sus divisiones de movilidad eléctrica, ante la falta de demanda sostenida.

El impacto también se nota en la cadena de materias primas. Los costes del litio, el níquel o el cobalto han fluctuado con fuerza durante los dos últimos años, complicando la rentabilidad de las baterías. Las inversiones necesarias para garantizar una producción local europea son elevadas, y las fábricas de celdas —como las anunciadas en España, Francia o Alemania— avanzan más despacio de lo previsto. En este contexto, mantener una oferta mixta entre eléctricos, híbridos y motores de combustión adaptados a biocombustibles o e-fuels se ha convertido en una cuestión de supervivencia estratégica.
El sector del automóvil, además, está experimentando una competencia feroz procedente de China. Marcas como BYD, NIO o MG han logrado colocar en el mercado europeo vehículos eléctricos a precios mucho más competitivos, apoyados por una cadena de suministro vertical y por subsidios estatales. Los fabricantes europeos se encuentran, por tanto, entre la presión de la normativa ambiental y el riesgo de perder cuota de mercado ante rivales asiáticos con costes más bajos y márgenes más amplios.

En España, la situación es especialmente compleja. Aunque el Gobierno mantiene su objetivo de alcanzar los cinco millones de vehículos eléctricos en 2030, las matriculaciones actuales están muy por debajo de lo necesario. Según los datos de la Asociación Española de Fabricantes (Anfac), apenas uno de cada diez coches nuevos matriculados es totalmente eléctrico, y muchos compradores optan por híbridos enchufables como solución intermedia. El retraso en la expansión de la red pública de carga, junto al precio medio aún elevado, mantiene al consumidor medio alejado del salto definitivo a la movilidad eléctrica.
Todo esto ha llevado a un cambio de discurso por parte de la industria. Lo que antes era una carrera hacia el “cero emisiones”, ahora se plantea como una travesía gradual, donde los motores híbridos y los combustibles sintéticos tienen un papel esencial. Algunos países, como Alemania o Italia, han pedido a Bruselas una revisión del calendario de prohibición de los motores de combustión, argumentando que la innovación en e-fuels podría permitir reducir drásticamente las emisiones sin eliminar por completo el motor térmico.

El giro no significa un abandono del coche eléctrico, sino un ajuste de expectativas. Los fabricantes siguen invirtiendo en nuevas plataformas y tecnologías de baterías, pero ya no priorizan el volumen sobre la rentabilidad. Las gamas eléctricas de marcas como Audi, BMW, Renault o Volvo seguirán ampliándose, aunque con objetivos más realistas y adaptados al ritmo de cada mercado. La clave ya no está solo en lanzar modelos eléctricos, sino en conseguir que el cliente los perciba como una opción práctica, accesible y sostenible a largo plazo.
Mientras tanto, los gobiernos europeos enfrentan el dilema de cómo mantener sus compromisos climáticos sin ahogar a una industria que representa millones de empleos directos e indirectos. La transición energética del automóvil parece haber entrado en una fase más pragmática, donde los discursos ambiciosos se moderan y las decisiones se ajustan al terreno. El vehículo eléctrico sigue siendo el futuro, pero no necesariamente con la velocidad que se prometía.
La década que se inicia marcará el ritmo real de la transformación. Si la infraestructura mejora, las baterías bajan de precio y las ayudas públicas se consolidan, el mercado podría retomar la senda prevista. Pero si la incertidumbre económica y la presión política continúan, la electrificación podría mantenerse como un proceso gradual, donde la coexistencia de tecnologías será la norma durante mucho más tiempo del previsto.
En definitiva, el automóvil europeo ha decidido pisar el freno para tomar la curva con mayor control. Y aunque la meta final siga siendo la misma —un transporte más limpio y sostenible—, la ruta para alcanzarla será más larga, más costosa y, sobre todo, mucho más realista.























