La borrasca Leonardo y el tren de borrascas que está cruzando España este mes están dejando lluvias persistentes, avisos meteorológicos y cortes puntuales de carreteras en distintos puntos de la Península. En este contexto, Carglass España insiste en una idea que a menudo se pasa por alto cuando se habla de conducir con agua: el mayor salto de riesgo no llega sólo por la pérdida de adherencia, sino por la caída de la visibilidad. Cuando la vista se degrada, el conductor anticipa menos, reacciona más tarde y aumenta la carga mental, justo cuando el entorno exige decisiones rápidas.

El primer paso es básico y, aun así, se descuida. Según datos divulgados por FESVIAL, seis de cada diez conductores no comprueba al subirse al coche que el parabrisas permita una buena visión; además, tres de cada cuatro reconoce haber circulado con escobillas en mal estado y más del 70% no las sustituye con la frecuencia recomendada. Con lluvia fuerte, esa combinación multiplica el problema, porque las gotas distorsionan la luz y el barrido irregular deja zonas “veladas” que reducen el rendimiento visual incluso con el limpiaparabrisas funcionando.
A partir de ahí entra la estrategia visual. Cuando llueve, de forma inconsciente tendemos a “encoger” la mirada y fijarla cerca del capó, como si así ganáramos control. En realidad, se pierde anticipación y se estrecha el campo de información que recibe el cerebro. La recomendación es sencilla: levantar la barbilla y mirar más lejos siempre que sea posible, alternando con comprobaciones cercanas para seguir las líneas. Esa rutina ayuda a detectar frenos, charcos, cambios de carril o retenciones con más margen, que es lo que realmente reduce el estrés y permite conducir con suavidad.

En episodios de lluvia intensa, la lectura del tráfico también cambia. De noche o con cortinas de agua, seguir las luces del vehículo precedente puede ayudar a “dibujar” la carretera, pero sin caer en el error de pegarse. Hay que vigilar especialmente a camiones y autobuses, porque levantan agua en suspensión y pueden provocar segundos de ceguera al adelantar o cruzarse. Si llega una salpicadura grande, lo crítico es mantener la trayectoria y evitar frenazos bruscos. La calma y el volante firme suelen ser la diferencia entre un susto y una pérdida de control.

Cuando la visibilidad baja de verdad, la decisión correcta es parar, pero hacerlo bien. No se trata de detenerse en cualquier arcén sin referencia, sino de buscar un lugar seguro donde no exista riesgo de alcance. Hasta llegar a ese punto, conviene avanzar a ritmo moderado alternando la vista al frente con miradas laterales para localizar líneas, quitamiedos y referencias del carril. En paralelo, hay que “leer” el asfalto: los regueros y charcos delatan zonas con riesgo de aquaplaning, y un pavimento muy claro y reflectante suele asociarse a menor agarre que otro más oscuro.
La iluminación también merece una mención especial. Con lluvia se debe circular con luces de cruce para ver y, sobre todo, para ser visto. Las largas no ayudan: su reflejo en gotas y agua suspendida empeora la percepción. Si la situación es extrema, el antiniebla trasero puede aportar, pero sólo mientras sea imprescindible y apagándolo cuando mejore el tiempo para no deslumbrar. A esto se suma una regla que no cambia nunca: aumentar la distancia de seguridad. No sólo por el mayor espacio de frenada, también para reducir el spray que lanza el coche de delante y que “cierra” el parabrisas.

Otra advertencia importante afecta a la tecnología. Los sistemas ADAS dependen de cámaras y sensores que necesitan “ver” marcas viales y objetos. Un estudio de la American Automobile Association ha mostrado que, con lluvia moderada o fuerte simulada, la ayuda de mantenimiento de carril falló con salidas de carril en una mayoría de pruebas, y que la frenada automática de emergencia puede no evitar impactos en un porcentaje significativo según la velocidad. La conclusión práctica no es desconectar todo, sino entender que en lluvia intensa hay que conducir como si esas ayudas pudieran degradarse: manos al volante, atención alta y margen extra.
Por último, está el empañamiento, que en días de lluvia se vuelve recurrente. Un interior sucio facilita que el parabrisas se empañe antes y se desempañe peor, y lo mismo ocurre con las ventanillas laterales, claves para usar bien los retrovisores. Lo más eficaz suele ser activar la función específica de desempañado, usar aire acondicionado y ajustar recirculación de forma coherente con la humedad. Carglass añade una solución extra: tratamientos hidrofóbicos “antilluvia” que ayudan a que el agua forme gotas que se evacúan antes, mejorando la visión, especialmente de noche, cuando el brillo y los reflejos se convierten en el enemigo.























